miércoles, 23 de octubre de 2013

UN CALLEJÓN SIN SALIDA


Mar Sueiras Prieto.


Cabe plantearse, en el contexto social que nos toca vivir ahora, la posibilidad de que el arte sea en sí mismo un callejón sin salida.
Vivimos en una sociedad obsesionada por la huellas pero - como diría Doris Lessing - que a su vez carece de pasión por las consecuencias. Una sociedad en la que los conceptos de tiempo y espacio se obvian por considerarse casi trasnochados, implícitos y desconsiderados en la obra de arte y hasta, si me apuran, en el quehacer cotidiano de nuestra existencia........Y así, parece que tanto en la política como en la vida, y  a veces también  en el arte, se toma la vía rápida porque da la impresión de que no tenemos ni idea de  a dónde vamos pero estamos decididos a encontrar el mejor atajo.

Decía Montaigne "No pinto el ser, sino el tránsito" en ese acontecer diario en el que, desde una filosofía a veces olvidada, se comprende la existencia y todas las diferentes facetas de las que esta está compuesta, como un proceso que se elabora, que se construye con atención y con paciencia.
Cuando se produce una obra de arte su autor se posiciona políticamente, pero esta posición no se limita a ser una simple situación en un determinado espacio, en un tiempo que de alguna manera nos ha sido dado. Nos posicionamos, nos comprometemos para no atrincherarnos en los pliegues con los que el tiempo nos tiende subterfugios y una serie de trampas que nos hacen recordar un pasado o predecir un futuro y en el que casi se nos olvida el momento presente o su inmediata incompletud. Nos posicionamos en un tiempo que todavía no comprendemos y en el que creo que necesitamos más que nunca del arte, como Nietzsche diría "para no morir de tanta verdad", aunque este sea un arte que nos mantiene, en ocasiones, en un estado de atención.........................despiertos.

Utilizar la experiencia estética para educar a la sociedad es una línea que ya había abierto en el pensamiento europeo Friedrich Schiller a fines del S. XVIII, y esta actitud se hace ahora, desde los paradigmas de la post modernidad, más necesaria que nunca, ya que en el trasfondo de toda obra podemos encontrar una serie de presupuestos semióticos que inevitablemente están condicionados por los avatares históricos en los que esta se sitúa

Las mujeres creadoras que formaron parte de los movimientos artísticos de la primera mitad del s. XX, en mayor o menor medida, se posicionaron políticamente con la creación de sus obras, porque su vida misma fue parte militante de esa creación. En la incompletud de ese presente históricamente convulso (y cuál no) que abocó a más de una generación a un determinismo ineludible ellas se comprometieron, con una integridad incuestionable, con la estética y la poética de su impulso creador.
Porque a veces parece que el arte necesita del medio, de una serie de condiciones sociales y políticas que hagan favorable que este germine, que su comprensión y sentido tengan un referente; una suerte de iconografía política.
Más allá del peso o la influencia que las obras de todas estas mujeres hayan podido tener en las posteriores generaciones de artistas de la modernidad radical - ahora que la mercadotecnia domina de manera aplastante el medio artístico y todos su entramado de relaciones más o menos interesadas- merecería la pena reflexionar sobre la relación entre su arte y su praxis vital y sobre las peculiares circunstancias en las que tuvieron que realizarlas; el complejo clima cultural  de las últimas décadas del S.XIX y principios del XX poblado de escuelas minoritarias y apasionantes que dio lugar, en la mayoría de los casos, a un compromiso y a un posicionamiento cultural y personal que hoy, desde nuestra más rabiosa actualidad, nos parece de un valor indiscutible. Más allá de estetizar la política o de politizar el arte, llevaron a cabo toda una declaración de intenciones en cuanto a su manera de estar y hacer, en la mayoría de los casos sin ningún tipo de ayuda institucional, que lejos de querer alcanzar una operatividad política para sus creaciones deseaba mantener intacta una utópica parcela individual alejada de esa idea tan burguesa del arte como institución

 

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